SANTO DOMINGO. — Cuando se habla de una persona mentirosa, el imaginario colectivo suele pensar en perfiles extremos: individuos con una doble vida, manipuladores compulsivos o estafadores profesionales. Sin embargo, especialistas en comportamiento humano plantean una realidad mucho más cotidiana: las mentiras y las medias verdades forman parte, en mayor o menor medida, de las interacciones sociales.
El especialista sueco en comportamiento humano y lenguaje corporal Thomas Erikson, autor de varios libros sobre comportamiento y comunicación, sostiene que las personas están constantemente expuestas a diferentes formas de engaño, desde pequeñas excusas hasta afirmaciones capaces de generar consecuencias importantes.
Erikson señala que una persona promedio puede mentir numerosas veces durante el día. Algunas de estas expresiones pueden parecer inofensivas, como prometer una llamada que nunca se realiza o decir que todo está bien cuando no necesariamente es así. Otras, sin embargo, pueden tener consecuencias económicas, laborales o emocionales.
No todas las mentiras tienen la misma dimensión
La diferencia no está únicamente en el hecho de faltar a la verdad, sino también en la intención y en las consecuencias.
Una mentira puede surgir para evitar una conversación incómoda, proteger los sentimientos de otra persona o salir de una situación comprometida. Pero también puede utilizarse deliberadamente para manipular, obtener un beneficio, ocultar una responsabilidad o inducir a otra persona a tomar una decisión basada en información falsa.
En ese sentido, las llamadas “medias verdades” pueden resultar particularmente difíciles de identificar, porque contienen elementos ciertos mezclados con información omitida o presentada de manera engañosa.
El costo puede ir más allá del dinero
Uno de los aspectos más preocupantes del engaño cotidiano es que sus consecuencias no siempre pueden medirse en términos económicos.
La mentira puede deteriorar la confianza, generar conflictos y afectar relaciones familiares, laborales y personales. Cuando una persona descubre que ha sido engañada de manera reiterada, recuperar la credibilidad puede convertirse en un proceso mucho más difícil que construirla inicialmente.
Por ello, reconocer que las mentiras forman parte de determinadas dinámicas sociales no significa justificarlas. También implica comprender cómo funcionan para desarrollar una comunicación más transparente y aprender a identificar señales de contradicción, evasión o manipulación.
Al final, quizás la pregunta más importante no sea cuántas veces miente una persona durante el día, sino qué está dispuesta a sacrificar cuando decide ocultar la verdad y qué consecuencias está provocando con ello.


