SANTO DOMINGO, RD. — El escenario político dominicano comienza a marcar diferencias en la manera en que las principales organizaciones enfrentan sus procesos internos de cara a las elecciones de 2028.
En el caso del Partido Revolucionario Moderno (PRM), la organización escogió mediante una plancha única de consenso a su nueva dirección nacional, encabezada por el presidente Luis Abinader, con Deligne Ascención como primer vicepresidente ejecutivo y Juan Garrigó Mejía como secretario general.
Pero más allá de la conformación de su nueva dirección, hay otro elemento que llama la atención: los aspirantes y las aspirantes presidenciales del PRM, hacia afuera, han mostrado una imagen de respeto entre ellos y de respeto a las autoridades, los procedimientos y las decisiones de los organismos de su partido.
Esto no significa que no existan diferencias, intereses o competencia interna. De hecho, la carrera por la candidatura presidencial del 2028 ya está abierta dentro de esa organización. Sin embargo, la percepción que proyectan públicamente es la de una competencia que, hasta el momento, procura mantenerse dentro de los cauces institucionales.
Es como si, aunque la casa estuviera ardiendo por dentro, hacia afuera se procurara mantener la calma, evitando que las diferencias entre quienes aspiran a encabezar la boleta presidencial se conviertan en una confrontación que termine afectando a toda la organización.
Ese comportamiento constituye un elemento digno de observación para las demás organizaciones políticas, porque demuestra que una competencia interna puede ser intensa sin necesariamente convertirse en una batalla pública permanente.
Y aquí aparece el contraste con lo que actualmente ocurre en el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), donde distintas informaciones y cuestionamientos relacionados con su proceso de consulta presidencial han generado atención pública. La CONAP-2026 ha defendido su neutralidad, el cumplimiento de su reglamento y ha llamado a preservar la unidad y el respeto a la organización.
El PLD se encuentra inmerso en una consulta sobre aspirantes presidenciales programada para el 18 de octubre de 2026, un proceso que la propia CONAP ha definido como una medición de simpatía y que no constituye, por sí misma, la elección formal de una candidatura presidencial.
Precisamente por encontrarse en una etapa de competencia interna, el desafío para el PLD y para cualquier organización política consiste en garantizar que las diferencias entre sus aspirantes y equipos se mantengan dentro de los cauces institucionales.
Competir no significa destruirse; aspirar no significa desconocer a las autoridades; tener diferencias no significa romper la unidad.
Los partidos que aspiran a gobernar el país tienen también la responsabilidad de demostrar hacia lo interno que pueden resolver sus diferencias mediante el diálogo, el respeto y la institucionalidad.
La competencia política siempre generará momentos de tensión. Es natural que cada aspirante defienda sus posiciones y procure obtener el respaldo de sus compañeros y de la ciudadanía. Lo importante es que esas diferencias sean manejadas con madurez, dentro de las normas y reglamentos de cada organización.
Por eso, lo que está ocurriendo en el PRM también puede servir como punto de reflexión para el PLD y para las demás organizaciones políticas: las aspiraciones individuales no deben colocarse por encima de la institucionalidad partidaria.
Al final, quien resulte favorecido por un proceso interno necesitará del respaldo de quienes compitieron. Y quienes no resulten favorecidos necesitarán tener la madurez suficiente para reconocer el resultado y preservar la unidad.
De cara al 2028, el verdadero desafío de los partidos no será solamente escoger a sus candidatos, sino demostrar que pueden competir sin dividirse, discrepar sin destruirse y ganar o perder un proceso interno sin perder de vista el objetivo colectivo.
Porque en política, la competencia puede ser fuerte, pero el respeto a las reglas y a la institucionalidad debe ser más fuerte todavía.


