La política dominicana enfrenta una señal de alarma que ningún partido ni dirigente responsable debería ignorar: cuando los ciudadanos dejan de confiar en los partidos tradicionales y en sus dirigentes, comienzan a buscar alternativas fuera del sistema político establecido.
El crecimiento de los llamados outsiders no surge de la nada. Es, en buena medida, consecuencia del desencanto acumulado con la política tradicional, de las promesas incumplidas, de la falta de conexión con las necesidades reales de la población y de la percepción de que muchos dirigentes aparecen ante el electorado únicamente cuando se acercan las elecciones.
Los resultados de los estudios recientes sobre abstención electoral constituyen una advertencia seria. Una ciudadanía que mantiene su respaldo a la democracia, pero que simultáneamente expresa bajos niveles de confianza hacia los partidos, los políticos y las instituciones de representación, está enviando un mensaje que la clase política no puede seguir ignorando.
El problema no está en los ciudadanos; el problema está en la incapacidad de la política para convencerlos de que vale la pena participar.
Cuando los partidos dejan de representar las aspiraciones de la sociedad, se produce un vacío. Y ese vacío inevitablemente será ocupado por figuras que se presentan como ajenas al establecimiento político, aunque muchas veces no tengan experiencia suficiente para gobernar o administrar un Estado complejo.
Los outsiders pueden convertirse entonces en el vehículo del voto de protesta, no necesariamente porque representen la mejor opción, sino porque representan algo diferente a aquello que una parte del electorado ya dejó de creer.
La clase política debe entender que la credibilidad no se recupera con propaganda, discursos grandilocuentes ni campañas millonarias. Se recupera con coherencia, preparación, transparencia, resultados y contacto permanente con la ciudadanía.
Los partidos tienen que volver a formar dirigentes, renovar sus métodos, escuchar a la sociedad y presentar propuestas que respondan a los problemas concretos de la gente. De lo contrario, el ciudadano seguirá alejándose de las estructuras tradicionales y buscando en figuras externas la respuesta a su frustración.
La advertencia está sobre la mesa: los outsiders no necesariamente están ganando terreno porque sean extraordinarios; muchas veces avanzan porque los partidos tradicionales están perdiendo credibilidad.
Si la clase política no asume esta realidad con humildad y autocrítica, el próximo gran fenómeno electoral podría no ser provocado por la fortaleza de un nuevo liderazgo, sino por el rechazo acumulado hacia los liderazgos existentes.
La política dominicana todavía está a tiempo de corregir el rumbo. Pero para hacerlo tendrá que entender una verdad elemental: la confianza del ciudadano no se exige, se conquista.


